Homilía en la conclusión del 2° Meeting europeo de jóvenes franciscanos   Leave a comment

Homilía en la conclusión del 2° Meeting europeo de jóvenes franciscanos

Santiago de Compostela, 15 de agosto de 2009

ESTO ES LO QUE YO QUIERO

Queridos jóvenes:
Os reitero mi más cordial y fraterno saludo de Paz y Bien.


Estáis a punto de concluir vuestra peregrinación a Santiago de Compostela. En ella habéis recorrido el mismo camino que recorrieron tantos hombres y mujeres desde hace siglos. Entre ellos, como ya hemos recordado en el Monte del Gozo el primer día, se encuentra san Francisco de Asís. Como muchos peregrinos de ayer y de hoy, el Poverello se puso en camino hacia Santiago para conocer el querer del Señor. Desde los primeros días de su conversión, Francisco se sintió un verdadero mendicante de sentido. Quería y buscaba vida y vida en plenitud. Tenía sed de eternidad y después de intentar saciarla en las armas y haber fracasado, ahora había descubierto el manantial que podía saciar definitivamente su sed. Su peregrinación a Santiago bien se puede ver como una manifestación del camino interior que había iniciado en Asís cuando se encontró con el leproso, con el Cristo de san Damián y con el Evangelio. Un camino que ya no terminará, pues toda su vida consistirá en caminar hasta identificarse definitivamente con Cristo, y poder decir con san Pablo vivo, pero no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gál 2. 20).

Precisamente los pasajes del Evangelio que encontró Francisco al azar y que le mostraron el camino a seguir para él y sus compañeros fueron los mismos textos que os acompañaron en vuestro camino hacia Compostela: Sólo una cosa te falta: vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme (Mc 10, 21), no toméis nada para el camino (Lc 9, 3a), y, finalmente, si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su propia cruz y sígame (Mt 16, 24).

Son todos ellos textos de seguimiento, que hablan de la radicalidad en la donación de uno mismo al Señor. El discípulo, todos nosotros, es aquel en cuya vida hay un antes y un después, separados por el encuentro con el Señor. Uno no puede decir haber encontrado a Jesús y seguir viviendo como antes. Eso es lo que quiere decir "niégate a ti mismo". El discípulo es aquel que está dispuesto a dar la vida por Jesús, no sólo a través del martirio, si llegase el momento, sino en la vida de cada día, dando testimonio de su fe en él, aunque esto le comporte persecución. Esto significa tomar la propia cruz. El discípulo es aquel que pone toda su confianza en el Señor, aquel cuya única riqueza es el mismo Jesús, como lo fue para Francisco. Por ello no lleva nada para el camino y se despoja de todo, seguro de tener un tesoro en el cielo. El discípulo es el que sigue a Jesús, sigue sus huellas y reproduce en su vida la vida de Jesús. Al discípulo no le está permitido inventar otro camino: Ejemplo nos ha dado –dice san Francisco- para que sigamos sus huellas.

Al escuchar estas exigencias no faltarán aquellos que, como hicieron ante el discurso del pan de vida, se vayan diciendo: ¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede escucharlas? (Jn 6, 60), o que, como los atenienses ante el discurso de Pablo sobre la resurrección de los muertos, muchos se echen a reír, y otros digan: sobre esto te oiremos otra vez (cf. Hch 17, 32). Pero no faltarán tampoco los que como Pedro confiesen: Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68), o como Francisco: Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica (1Cel 22).

Queridos jóvenes: Hoy Jesús, mirándoos con amor como un día miró al joven rico del que nos habla el Evangelio (cf. Mc 10, 21) os dice: ¡SÍGUEME! (Mc 2, 24), ¡venid conmigo! (Mc 1, 17). Seguir a Jesús en las distintas vocaciones a las que el Señor llama (vida matrimonial, sacerdocio o vida religiosa/franciscana) nunca fue fácil, y menos todavía hoy. Jesús, a quien desee seguirlo, le pide, hoy a nosotros como ayer se lo pidió a sus discípulos y a Francisco, radicalidad.

Radicalidad frente a los bienes materiales: Vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme (Mc 10, 21), y también: no toméis nada para el camino (Lc 9, 3a).Radicalidad frente a uno mismo: si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su propia cruz y sígame (Mt 16, 24). Radicalidad frente a lo que uno más ama: Si alguno viene donde mí y prefiere a su familia o a su propia vida antes que a mí, no puede ser discípulo mío (cf. Lc 14, 26). Jesús continúa pidiendo exclusividad: Deja que los muertos entierren a los muertos (Mt 8, 22). Jesús continúa pidiendo una opción definitiva: Nadie que pone mano al arado y mira atrás es apto para el reino de los cielos (Lc 9, 62). Y es que la respuesta del discípulo se basa en el amor fuerte y eternamente fiel de Dios (cf. Sal 117, 2). Seguir a Jesús implica un deseo profundo de vivir con él, para él y como él, para siempre, en todo momento y en toda ocasión. No se puede seguir a Jesús sólo a nivel de sentimientos, ni tampoco a un simple nivel intelectual o ideológico.

Seguir a Jesús comporta una opción de vida que, lejos de estar reñida con una existencia gozosa y con la felicidad, posibilita la plenitud de vida. Como ama repetir Benedicto XVI: cuando Cristo entra en la vida de un hombre o de una mujer no quita nada, sino que lo da todo… Abrid pues, queridos jóvenes, las puertas de vuestra vida a Cristo, como decía Juan Pablo II. Abrid vuestro corazón a Cristo.

No tengáis miedo. No os cerréis a su amor. Como la samaritana del Evangelio dejad que Jesús entre en vuestro “espacio vital”, ofrecedle lo que sois, lo que tenéis –aunque sólo sea vuestra infidelidad- y él saciará definitivamente vuestra sed de plenitud.Sé muy bien, queridos jóvenes, que esto no es fácil comprenderlo y menos todavía vivirlo. En una sociedad que pone la felicidad en el tener, en el disfrutar de la vida sin trabas o límite alguno, este lenguaje es duro. Todo ello exige un salto de calidad en la propia vida. El salto que dieron los discípulos, el salto que dio Francisco, el salto que dieron y dan tantos hombres y mujeres de ayer y de hoy, el salto de la fe en el Dios para el cual nada hay imposible (cf. Lc 1, 37). Nuestro Dios es el Dios de lo imposible: lo que es imposible al hombre no lo es para Dios (cf. Lc 18, 27). Por ello, fiándonos de su Palabra (cf. Lc 5, 5), bien podemos decir como el Apóstol san Pablo: Todo lo puedo en aquel que me da la fuerza (Fil 4, 13).Queridos jóvenes: Conozco bien vuestra generosidad y vuestras posibilidades. Conozco vuestra sed de plenitud. Sé que en el corazón de muchos de vosotros arde un profundo deseo de entrega radical e incondicional a Cristo. Sé que todos vosotros deseáis ser contados, como Santiago Apóstol, entre los amigos de Jesús. Basado en esas certezas no dudo en pediros una opción radical de fe y de vida, que acojáis el mensaje de Jesús en su totalidad y en su radicalidad. Y vuestra vida será como la del joven Francisco: Una vida enteramente para Dios y enteramente para la humanidad, particularmente la humanidad herida. ¿Queréis ser como Francisco de Asís? Seguid a Cristo en la vocación a la que él os llame. ¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas de vuestro corazón a Cristo!

Fr. José Rodriguez Carballo, ofm

Ministro General

Posted October 16, 2009 by JUFRA SAN ANTONIO AVILES in Uncategorized

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